Autor: Osviel Castro Medel
Hay gestos que duelen más que un pelotazo en la cabeza, especialmente por su significado. Lo escribo a raíz del duelo México vs Estados Unidos en el VI Clásico Mundial de Béisbol.Resulta que el cubano-mexicano Randy Arozarena extendió la mano al receptor del equipo de USA, Cal Raleig, y su compañero de equipo en los Marineros de Seattle no le hizo el más mínimo caso.Y entonces las redes sociales, como pasa en estos casos, ardieron. Se formaron los bandos. Los defensores de Raleigh argumentaron la "ley del hielo competitiva", los seguidores de Arozarena señalaron un deshonroso desaire público.El béisbol, que se sepa, no es solo un juego de números, de estadísticas, de “guerras” entre países. El béisbol es, ante todo, una escuela de vida, un deporte que lleva a las gradas a muchísimos niños que quieren imitar a los peloteros que fueron a ver.¿Qué lección habrán aprendido los pequeños cuando vieron a Randy con la mano tendida y a Raleigh con el brazo cruzado?Tal vez habrán aprendido que la competencia justifica la grosería; que el orgullo nacional está por encima del compañerismo; que se puede olvidar al ser humano que habita más allá de un uniforme.Lo peor es que hace tres años, durante el V Clásico Mundial, el receptor Will Smith, también de Estados Unidos, dejó Randy Arozarena con la mano tendida y que algo similar hizo este año el catcher australiano Robbie Perkins, cuando le negó el saludo a un jugador checo.Al final, no se trata de defender a Arozarena o a Raleigh. Se trata de defender la idea de que el deporte puede ser competitivo sin dejar de ser hum...